Chispas | ¿TEATRO O VERGÜENZA NACIONAL? - Chispas

El Teatro Nacional Eduardo Brito, de la capital de la República Dominicana, fue inaugurado el 16 de agosto del año 1973 y desde ese momento, hace ya 31 años, ha sido el centro de presentación de espectáculos por excelencia del país.
Diseñado por el arquitecto Teófilo Carbonell, y construido en uno de los gobiernos de Joaquín Balaguer, es uno de los edificios emblemáticos de Santo Domingo, por su proscenio han desfilado los mejores espectáculos culturales, tanto del genero clásico como popular, para deleite de los habitúes que ocupan las mas de 1, 500 butacas de su Sala Principal.
El centro de sus actividades es la Sala Carlos Piantini, bautizada en honor al mas destacado de los directores de orquesta clásicos, nacidos en la República Dominicana, por lo que las condiciones en que se deben mantener las tablas que honran al insigne dominicano, que paseó su arte por las mejores salas de espectáculos del mundo, debería ser de alta prioridad nacional.
Hace ya algún tiempo, que cuando asistimos a algún espectáculo en la Sala Carlos Piantini, Ravelo o de la Cultura, hemos visto como la tendencia al desorden que tenemos los dominicanos se iba expresando en el Teatro: el grave problema de los parqueos, el inicio con atraso de las presentaciones, las facilidades para que los que llegan tarde a todos lados molesten a los que son puntuales y están a la hora que corresponde, las lucecitas de los teléfonos móviles que se mantienen encendidos durante los espectáculos y la fiebre del chateo que no abandona a nuestros locuaces compatriotas.
La arrabalización de la Sala Eduardo Brito del Teatro Nacional, ha llegado al colmo, de permitirle a los productores de espectáculos colocar sillas de metal o de plástico en la parte frontal y la parte trasera del local, para aumentar la capacidad de asientos, dando una imagen de país tercermundista y falto de profesionalidad y criterio para lo que debía ser una sala respetada por todos.
Nosotros, que hemos tenido el privilegio de ir a escenarios tan emblemáticos como el Teatro Colón de Buenos Aires, Argentina o el Carnagie Hall, entre otros, no nos imaginamos sillas de plástico para aumentar la capacidad de una de sus salas, ya que por lógica y sin ser expertos, sabemos que el sonido está calculado en cada una de esos espacios para una determinada cantidad de asistentes.
Pues el pasado sábado sucedió un espectáculo dentro de otro espectáculo, estaba anunciada la presentación del Ballet Nacional de Praga y cuando los valientes que desafiaron los aguaceros comenzaron a llenar la sala, en el proscenio estaba colocada una decoración acorde con el descuido que nos caracteriza como país, dos pedazos de plástico, uno azul y otro rojo, que estaban en ese lugar para evitar que se inundara todo y fracasara la presentación artística, por las goteras que caían imparables sobre la superficie donde debían bailar los artistas de la República Checa.
El enfrentamiento verbal entre Cesar Suarez, quien era el promotor del espectáculo, Niní Caffaro, quien funge como director del Teatro Nacional y la intervención de José Antonio Rodríguez, nuestro Ministro de Cultura, no fue mas que la nota que ocupó las noticias en los medios, por un problema que los tres conocen desde hace tiempo.
Las goteras en la Sala Principal del Teatro es cosa antigua, pero la complacencia que existe en el país, porque al final todos somos amigos o familia, ha impedido que se haga lo que había que hacer hace tiempo: cerrar esa sala y ponerse a trabajar en el techo y otras áreas para dar un mantenimiento que requiere a gritos ese edificio que ya cumplió los treinta años de edad.
Es que aquí pretendemos obtener resultados positivos del desorden en que vivimos en forma diaria en todos los ordenes de nuestra vida, preferimos construir edificios a dar mantenimiento a lo que tenemos, comprar equipos nuevos, antes de reparar y poner a funcionar lo existente; derrumbar hospitales y construir como si viviéramos en el primer mundo, sin que demos mantenimiento a lo existente; construir escuelas, sin que nadie se preocupe por reparar lo que viene dando resultado por años.
En fin, ojalá que a alguien no se le ocurra ahora echar abajo el Teatro Nacional, con sus mármoles y caobas centenarias, bajo el argumento de que el techo es irreparable.
Eso se llama: mantenimiento que puede ser: preventivo, correctivo o predictivo; pero mantenimiento es la palabra mágica que mantiene en pie la la Scala de Milan en italia, el emblemático edificio de la Opera de Sydney o el Teatro de la Opera de Paris, que cumplió hace tiempo mas de un siglo.
Mientras no conjuguemos el verbo mantener en todos sus tiempos, en relación a nuestros edificios públicos, seguiremos pasando la vergüenza de ver nuestra principal instalación artística llena de goteras y a tres amigos peleándose públicamente por lo que es responsabilidad de todos.

Humberto Salazar

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