ACUERDO COLOMBIA: DEJAR LAS ARMAS, ENTREGAR LAS ARMAS ¿VALIÓ LA PENA TANTA VIOLENCIA?

Al firmarse el acuerdo entre el gobierno de Colombia, encabezado por Juan Manuel Santos, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el grupo terrorista mas violento y peligroso de ese país en los últimos 50 años, el presidente de ese país fue claro y duro: ¨esto significa ni mas ni menos que el fin de las FARC como grupo armado¨.

Hablamos de una guerra de guerrillas que se inició en la década de los 60, como parte de las aventuras armadas que se esparcieron por todo el continente, incentivadas por el régimen de La Habana, que se planteaban la conquista del poder a través de la boca y los cañones de los fusiles.

Solo que las FARC, después de que todos los movimientos de este tipo fueron derrotados en medio de la represión de los militares de la región, armados y entrenados por los Estados Unidos y sus organismos de inteligencia, continuaron alzados en la selva colombiana, degenerando hacia el fenómeno de la narco-guerrilla y la delincuencia común para conseguir recursos económicos.

Esa guerra de 50 años le costó a Colombia mas de 300,000 muertos, el 80% de ellos civiles no beligerantes, sobre 25,000 desaparecidos, miles de amputados en alguno de sus miembros inferiores por las minas antipersonales, perdidas que no pueden ser estimadas por el desplazamiento de los campesinos y propietarios de tierras cultivables, es decir, un verdadero desastre económico y humano.

Lo firmado en el día de ayer en La Habana, el mismo lugar donde todo comenzó, es solo una declaración de intenciones, que de ser exitosa, y ojalá que así sea, debe dar espacio a un referéndum de ratificación por parte del pueblo colombiano a los acuerdos de paz, que incluso tienen fuertes contradictores en el país sudamericano.

Por esto es interesante observas las palabras que se incluyen en el acuerdo, donde se plantea que en un plazo de 180 días, la guerrilla ¨dejarᨠlas armas, que para ellos no es lo mismo que decir ¨abandonar¨ las armas, ya que lo primero significa que lo hacen por su propia voluntad y lo segundo sería, como en la practica lo es, una capitulación frente al gobierno democrático de Santos.

No es la primera vez que se plantea un acuerdo con las FARC, ya en el gobierno de Belisario Betancourt se intentó insertar a esa grupo en el sistema político de Colombia, sin que dejaran o entregaran las armas, todo terminó en un desastre cuando los candidatos de la Unión Patriótica, que representaba a los guerrilleros, fueron muertos por sus adversarios militares y fuerzas irregulares.

En el caso de los acuerdos firmados ayer, que son el paso previo a la solución definitiva que debe ser ratificada por un referéndum, lo mas importante es que el compromiso se realizó en el nido de donde surgieron estos grupos guerrilleros, fue acompañado por testigos aceptados por las partes y será muy difícil que después de ser diezmados en la selva por las fuerzas regulares del ejercito, las FARC se arriesguen a romper las promesas incluidas en los acuerdos de paz.

Esa debe ser la razón por la que un optimista Presidente Juan Manuel Santos declaró en el día de ayer, el fin de ese grupo guerrillero como milicia armada en el territorio de su país, así como también planteó que el cese al fuego bilateral daba el espacio suficiente para construir un acuerdo definitivo que detenga, decimos nosotros, el baño de sangre que ha caracterizado la vida política colombiana.

Hablamos de uno de los países a los que la violencia política ha impedido el acceso a niveles de desarrollo superiores a los que posee en estos momentos, con enormes recursos naturales, climas diversos, minerales y recursos humanos, que juntos hubieran evolucionado para crear un mejor nivel de vida para la población colombiana en sentido general.

Los retos para que la paz sea duradera todavía son enormes, los cuestionamientos que hace el ex Presidente Alvaro Uribe, en el sentido de que no es ético ni moral echar al olvido los secuestros, fusilamientos, violaciones, actos de terror y todas las fechorías cometidos por las FARC en su país, tienen eco en amplios sectores de la población colombiana.

Por esto cuando las FARC hablan de ¨dejar¨ las armas, el uso de esa palabra provoca cuestionamientos en su país. ¿dejarlas donde?, ¿en el monte para buscarlas cuando les convenga? o en cambio ¿dejarías en manos de las Naciones Unidas bajo la supervisión de la CELAC y otros organismos que sirven de garantes para que se cumplan los acuerdos de paz?.

Las FARC ademas tendrán que someterse a tribunales especiales que juzgarán sus hechos con grandes limitaciones que están incluidas en los acuerdos, enfrentarán a los familiares de las víctimas que murieron en sus manos en secuestros que cuando se describen dejan claro la falta de humanidad de los líderes de ese grupo guerrillero.

Es decir, todavía le falta a Colombia un largo camino por recorrer para que no haya irregulares armados en su extenso territorio, a nombre de una ideología que quedó enterrada debajo de los ladrillos derribados una noche de 1989 en Berlín, pero que después de eso provocó miles de muertos en su territorio.

Ojalá que el plan de Juan Manuel Santos, de llevar a la mesa de negociaciones a unas disminuidas guerrillas, sentarlas con los que sirvieron de ejemplo para fundarlas y dieron sostén durante años como cómplices de la matanza de colombianos que residen y gobiernan en La Habana, para construir una paz duradera en un país signado por la violencia política en casi toda su historia, de resultado.

Después de todo, lo que ha quedado claro es que todo lo ocurrido fue innecesario, las muertes de colombianos a manos de otros colombianos fue un absurdo y las leyendas heroicas de los jefes guerrilleros, verdaderos líderes terroristas de ese país sudamericano fueron cuentos de camino para incautos.

Bienvenida sea la paz, el cese al fuego y la rendición de las FARC, ojalá que todo esto sea tan bonito como se nos ha pintado, para bien de Colombia y de su pueblo.

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